
Al comenzar el día, un grupo de hombres -en un rito sagrado repetido por más de medio siglo- levantan las rejas de sus viejas bodegas en el Mercado de Aves, de Estación Central. Entonces comienza el ruido. El ruido de las aves: cientos de ellas amontonadas como pinos en una jaula, llamando por algo indescifrable y que acabará, de todas formas, fundiéndose con el murmullo frenético de la ciudad.
Y para llegar a esta esquina del mundo, sólo es necesario franquear el lío que se avecina cuando Meiggs y Exposición chocan como dos ríos desbordados de gente y puestos de comida y ropa, frente al Mall Paseo Estación. Detrás de esto, detrás del caos, un portón oxidado abre paso a un mercado de animales despojado de otro tiempo.
Lo primero es un estrecho pasillo, donde gansos, patos, gallinas y un pavo viejo, vagan en sus dominios fuera del encierro de las jaulas. Según un locatario, son las mascotas del mercado: animales que en un descuido se esfumaron y nadie se molestó en atrapar, y que ahora deambulan por las sobras o robando granos de los sacos almacenados en algún local.
Al terminar el pasillo, un pequeño ágora es el punto de encuentro para los hombres que beben en el único bar del mercado. Hombres viejos y arrugados que saborean cada discusión como si fuera la última de sus vidas, mientras se aferran con gracia a un vaso de tinto. Diagonal a ellos, casi al medio día, una mujer peruana de pelo crespo ha atravesado el ágora con el único objetivo del día: conseguir dos patos. Los más gordos y sanos que pueda encontrar.
DEL SANTIAGO QUE SE FUE
Hasta principios de la década de los 90, este lugar cumplió la función por la que fue construido en 1945: abastecer la demanda, por entonces alta, de aves de corral para consumo público. Con la llegada de supermercados y la aparición apocalíptica de pollos transgénicos y nuevas medidas sanitarias, el SAG decidió ponerle fin a los dos mataderos que funcionaban en el mercado.
“Antes la gente venía y compraba un pato o una gallina, y en el matadero se las faenaban. Quedaban listas para el consumo”, cuenta Luis Serrano (50), sentado junto a un ganso afuera de su local. Luis es un hombre sereno, de hablar pausado, como casi todos en este lado de la capital donde hay más animales que seres humanos.
A juzgar por aspecto serio de Luis, podría especularse en que se trata de un hombre obligado por las circunstancias a levantarse con el pie derecho, sin embargo, asevera, espera con ansias el día viernes para alzar la reja de la bodega -durante el resto de la semana, Luis trabaja como jefe de abastecimiento en una empresa, lejos de aquí-. “Este es mi cable a tierra, aquí es otro mundo. En la oficina estoy con el computador, aburrido, acá es otra cosa. Yo me crié prácticamente aquí, de los cuatro años que vengo para acá. Mi padre es dueño de este local por más de cincuenta años, así que imagínese, siempre estuve rodeado de aves, animales, de mascotas. Es algo muy bonito”.
El día transcurre con calma. Mañana sábado, asegura Luis, el día estará más ajetreado que hoy. El sábado es el día en que comerciantes chinos, peruanos, y huasos desterrados a la capital, se aventuran temprano para conseguir el ejemplar que luzca lo más apetitoso posible.
“La gente por lo general lleva gallinas. Pero mira, hay patos, esos patos valen siete mil cada uno. Hay gallinetas. Gansos, los gansos son grandes. También hay pavos, conejos”, cuenta Luis mientras apunta las jaulas donde los animales esperan con las miradas blancas, con abominable indiferencia.
En todo ese tiempo, Serrano no ha dejado de frotarse las manos y de vez en cuando se restriega alguna costra. Son las marcas de la faena. Del ajetreo que se genera dentro del miserable universo de estas aves, cada vez que Luis mete la mano para coger alguna de ellas convirtiéndose en un potencial depredador. Cuando eso ocurre, una conducta instintiva en todas las aves del planeta las obliga a imitar los movimientos del ave continua, y así sucesivamente, generando una danza involuntaria que en el contexto natural de estas aves -y con una pieza clásica de fondo-, significaría un vuelo sincronizado que muchos definirían como uno de los tantos milagros de la naturaleza. En una jaula como esta, en cambio, patos y gansos sólo atinan a arrimarse unos con otros en un comportamiento ridículo, comparable sólo a los efectos provocados por el miedo en seres humanos o mamíferos menores.
EL AFÁN DE UNA MUJER PERUANA
Mientras Serrano habla, la mujer peruana de pelo crespo se ha cruzado un par de veces observando quirúrgicamente la jaula de los patos. Evalúa a simple vista el peso, y por el estado de las patas –de preferencia sin hongos- calculará la edad del animal. Esta la tercera vez que se aproxima, entonces Luis la detiene y le ofrece, según él, los mejores patos de todo el mercado.
A esta hora de la tarde, la mayoría de los hombres del ágora se han refugiado en el bar para capear el frío que se cuela como un hielo por la espalda. Poco a poco han llegado clientes al mercado, la mayoría de rasgos asiáticos, buscando tímidamente y en voz baja algún animal para una receta impronunciable.
“Dos patos por once mil. No puedo bajarme más”, le dice Luis a la mujer peruana. La mujer acepta. Su nombre es Flor, dos hijos, casada, dueña de un restorán al final de la comuna de Recoleta, y como muchas veces lo ha hecho, se arremanga para recibir el primer pato que Serrano ha sacado de la jaula.
“A ver, tome este”, dice Luis. Y Flor lo coge de las alas como si se precipitara a un abismo, mientras el pato, en un intento inútil por escapar, lanza un graznido que sólo parecen oír las aves que deambulan por el lugar.
“Ya, deme este… y ese también, el negrito”, dice la mujer. Entonces Luis posa los animales sobre la jaula y con la habilidad de un laceador les ata las patas para meterlos en una bolsa de plástico. Es la segunda venta del día, dice, y sonríe, mientras el sol cae sobre el mercado y una mujer se aleja hacia la avenida cargando lo único que esperaba de un día como hoy: dos patos suculentos del Mercado de Estación Central.
Por Arturo Galarce



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